Capítulo IV. Transcurrir de los Días.
El segundo día comenzó por
supuesto muy temprano, la reina, Observadora, entró a la cámara en la que Blanco
pasó la noche pero lo hizo sin previo aviso y de manera tan precipitada que
sorprendió al cosmonauta desnudo y aun escurriendo agua del baño, de inmediato
las damas de compañía que constituían el sequito de Observadora se arrojaron
sobre él y se apresuraron a secarlo y vestirlo, Blanco reticente se dejó
manipular por ellas bajo la mirada escrutadora de la reina quien desde que pudo
apreciar el negro y musculoso cuerpo desnudo del viajero cósmico no apartó la
mirada de él.
-Espero que hayas dormido bien –
graznó el traductor al recibir las ininteligibles palabras de Observadora. –Hoy
tenemos un largo día por delante, quiero que me cuentes todo aquello acerca de
venir de otro mundo, quiero que me cuentes de tu mundo – dijo la reina mientras
que las mujeres se apresuraban en terminar de vestir el extraño huésped del
palacio. Una vez listo Blanco ofreció su brazo a la reina dando paso a un
incesante ir y venir de preguntas y respuestas.
De esta forma los días comenzaron
a sucederse, la reina iba a recoger a Blanco a su habitación y el
invariablemente le ofrecía su brazo indicando que estaba listo para el
incesante intercambio de información, las preguntas iban y venían pero también
comenzaron a ir y venir las risas, risas animadas y risas de complicidad. El
número de visitantes que recibía Blanco cada día crecía así como los informes
que él enviaba a Dos en la Tierra, la información era tanta y tan abrumadora
que la agencia espacial estaba preparando una nueva expedición a “Hogar”.
Blanco se sentía a gusto,
disfrutaba de los paseos matutinos con la reina, de la comodidad de la que
gozaba en palacio y de la atención de la que era objeto así que pronto dejó de
tomar precauciones e hizo a un lado los protocolos de investigación, incluso
sus comunicaciones con la tierra se volvieron menos frecuentes y hubo un
momento en el que cesaron por completo. Blanco se sentía de vacaciones en aquel
acogedor paraje.
En la Tierra el equipo de control
no sabía que había ocurrido pero Dos lo intuía así que apresuró aun más los
preparativos para la segunda expedición.
Con el transcurso de los días,
habían pasado tal vez cuatro meses desde la llegada de Blanco a “Hogar”,
ocurrieron dos cosas.
Como era posible prever desde un
comienzo la cercanía que constantemente compartían Blanco y Observadora había
gestado algo más que una simple relación basada en la curiosidad, entre ellos
había surgido por un lado una continuamente creciente tensión sexual pues se
sentían abrumadoramente atraídos el uno por el otro y por el otro lado una
necesidad mutua de compañía y apego pues se hallaban mutuamente interesantes y
divertidos, podría decirse en palabras sencillas que se habían enamorado pero
habían decidido, de manera tácita, contenerse, mantenían el protocolo.
En segundo lugar durante aquellos
días las raciones de alimento que Blanco había llevado consigo comenzaron a
escasear y cada vez que consumía alguna de las comidas que constituían la dieta
habitual de los habitantes de “Hogar” enfermaba, inicialmente Blanco pensó que
se trataba de algún tipo de alergia, posiblemente a las almendras pues tan
característico olor emanaba casi de todos los platos que había probado sin
embargo los cocineros le aseguraron que aquellos no tenían el menor asomo de
aquella drupa. La ausencia de almendras en los alimentos, a pesar del marcado
olor, y los síntomas lo llevaron a pensar que se trataba de algún tipo de
infección gastrointestinal por lo que finalmente tuvo que descartar por
completo la posibilidad de alimentarse con la comida que ampliamente le
ofrecían y limitarse a racionar, valga la redundancia, sus raciones.
El tiempo para Blanco en “Hogar”
se agotaba y él no tuvo más remedio que pensar en preparar su regreso, un viaje
que haría hibernando artificialmente por lo que no tendría necesidad de
alimento. A pesar de ello él no quería volver a la Tierra, se encontraba a
gusto en aquel nuevo planeta que lo había acogido y sobre todo no quería
separarse de Observadora pero se presentaba una encrucijada en la que era claro
el camino por el que habría que decantarse, quedarse y morir de inanición o
sencillamente volver a la tierra y alistarse para embarcarse de regreso a
“Hogar” en una próxima expedición. Observadora sabía que Blanco tenía que irse
y tampoco se sentía a gusto con la idea, incluso pensó en dejarlo todo atrás y
viajar con él a aquel remoto mundo del que tanto le había hablado pero ella ya
no era una niña y ahora era la reina de aquel país y no podía abandonarlo a un
azaroso destino por sencillamente complacer su corazón y curiosidad.
Los días pasaban y el momento en
el que Blanco habría de embarcarse se acercaba inexorablemente, tres largos
años serían los necesarios para que Blanco volviese a “Hogar” si es que algún
día lo hacía, 1 año hibernando mientras que su nave espacial lo llevaba de
regreso a la Tierra, 1 año más siendo estudiado y con algo de suerte
alistándose para un segundo viaje y otro año más de nuevo hibernando durante
todo el recorrido de regreso al nuevo planeta… tres largos años con suerte, el
tiempo de estudio y preparación definitivamente podía extenderse y tampoco
existía una garantía de que embarcasen a Blanco de nuevo con destino a “Hogar”…
tres largos años que Observadora no quería esperar en la soledad que ahora
sentía que le envolvía con su frío abrazo.
-Mañana es el día – dijo Blanco
bastante compungido mientras observaba a Observadora tomar una taza de té.
-Así es – contestó ella – espero
que hayas gozado de tu estancia en nuestro país, espero que hayas encontrado lo
que habías venido a buscar.
-Te extrañaré…
-Tengamos un hijo – dijo
Observadora. Blanco sencillamente abrió los ojos desmesuradamente.
-Tengamos un hijo – dijo de nuevo
Observadora mientras se abalanzaba ardientemente sobre Blanco.
Finalmente todo
el deseo y pasión reprimida se habían abierto paso dejando atrás cualquier
protocolo. Blanco y Observadora se besaron, se mordieron, se tocaron y
acariciaron ansiosamente como si quisieran devorarse el uno al otro, como si
quisieran consumirse mutuamente añorando fundirse en uno solo. Hicieron el amor
hasta desfallecer…
Blanco se despertó en la mitad de
la noche con un fuerte dolor de estomago, nauseas, dolor de cabeza, parecía
haber pescado de nuevo una infección gastrointestinal a pesar de no haber
tocado ni tan siquiera una pizca de los alimentos nativos, tuvo que correr al
baño las piernas no los sostuvieron, cayó al piso y convulsionó, Observadora
lloraba y gritaba pidiendo ayuda, la sangre del viajero se detenía en sus
venas, su corazón colapsó, Blanco murió.
La muerte del astronauta fue tan
espantosa que Observadora no quiso contemplarlo un segundo más, el cuerpo fue
tomado y enterrado en el campo con la primera luz del día.
Los días pasaron y aunque la
tristeza de la reina crecía su abdomen nunca lo hizo, el viajero fue incapaz de
embarazarle.
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