-¿Aquí sí le jalan al tejo? –
pregunté.
-No, aquí no jugamos tejo - dijo
una voz detrás de mí, era la de uno de los muchachos que se habían sentado en el
puesto callejero de venta de plátano que estaba al borde de la carretera
panamericana.
Se trataba simplemente de un
enorme guacal de madera con 4 estacas en cada esquina y un techo de plástico
negro, ahí estábamos escampando todos, descansando de un día agotador, ellos
hicieron lo del día ayudando a pasar gente de un lado a otro del arroyo que se
había crecido, yo sencillamente estuve con mi carro varado porque el arroyo se
lo llevó.
-Hace diez años – dice entre
risas otro de ellos, el que tengo justo en frente, un muchacho negro y fornido
de no más de 20 años – uno escuchaba cualquier explosión y fijo era un muerto…
Todos se ríen mientras que yo
simplemente sonrío desconcertado. Llevó toda la tarde ahí en el puesto de venta
de plátano, sólo me retiré de ese lugar que yo creía un paradero de buses
artesanal cuando un señor negro se bajó del vehículo de un chivero, un campero
Uaz atiborrado de gente, corotos y cajas, se dirigió con paso decidido a la
rústica estructura de madera y abrió el candado que mantenía cerrado el cajón.
-¿Todos tienen llave de ese
candado? – le pregunté.
-No.
-¿Esto es suyo? – volví a
preguntar.
-Sí es mío – dijo lacónicamente
aquel hombre negro de ensortijado pelo blanco e incipiente barba gris.
Me paré y me alejé unos pocos
pasos, comenzó a lloviznar una vez más, me metí al averiado carro y ahí me
quedé viendo todo y viendo nada, el hombre sacó unos racimos de plátano verde
del guacal aquel y los colgó de una baranda horizontal, escampó y volvió a
llover, el hombre se aburrió, recogió sus racimos, los metió en el guacal, puso
el candado y se fue, imagino que a su casa, no se despidió, yo tampoco dije
nada.
Escampó una vez más, salí del
carro, no soportaba más el bochorno y la humedad, sentí hambre y decidí caminar
a una casita de palitos que había visto al pasar, era una tienda. Comencé a
caminar y de nuevo comenzó a llover, me alcanzó un hombre en una bicicleta
ruinosa, me sonrió…
-¿Va a dejar el carro ahí? – me
dijo.
-No, sólo voy por algo de comer,
tengo hambre.
El hombre sonrío otra vez.
-¿Y luego? – preguntó.
-Esperar – le contesté-
-Yo lo acompaño – dijo sonriente
y calló.
Tomamos una Pony Malta y
regresamos, llovía otra vez.
Oscurecía y nadie venía por mí,
el hombre de la bicicleta seguía allí conmigo, en silencio, me hacía compañía
en el destartalado puesto callejero de venta de plátanos.
Llegaron los otros muchachos, los
que horas atrás nos habían sacado a mi carro y a mí del arroyo, eran amigos de
él, parece que en Urabá todos son amigos de todos.
Enantiodromía leí hace unos días,
las cosas tienden a su opuesto, vida a muerte, entero a partido, amor a odio,
en este caso odio a amor, enantiodromía es lo único que puede explicar que en
un lugar donde hace diez años todos se asesinaban indiscriminadamente hoy todos
sean amigos de todos.
El muchacho y los muchachos se
quedaron ahí haciéndome compañía, el muchacho seguía en silencio, los otros
hablaban.
De nuevo el muchacho negro,
fornido, de no más de 20 años habló.
-Hace unos años cuando vivía en
Córdoba estaba con mi primo y sonó un “pum” lejano y yo dije: primo arreglaron
a alguien; él me dijo que no, que allá la gente cazaba mucho conejo, que eso
era que habían cazado un conejo.
-¿Y entonces? – preguntó uno de
los muchachos sentados detrás mío.
-Jajajaja – se rió el que estaba
contando la historia - ¿Conejo? ¿Conejo? Al rato encontraron al conejo con el
pecho y la cara llenos de balines de una “chis-pum”, de una escopeta.
De inmediato todos soltaron la
carcajada, las muertes trágicas son cómicas, yo me he reído de muertes
desafortunadas pero en el cine o en la televisión nunca sintiéndolas tan
cercanas…
A pesar de lo macabro del relato
me sentía tranquilo en compañía de los muchachos, a pesar de su retorcido
sentido del humor no eran malas personas, sencillamente habían crecido con la
violencia y la muerte como algo de lo más natural, tan natural como recoger el
colchón, la ropita de los niños y lo más que se pueda de mercadito cuando se
les mete el agua a la casa como había ocurrido hace 15 días y como seguramente
volverá a ocurrir durante esta temporada de lluvias… para ellos no es motivo de
tristeza sencillamente es parte de su cotidianidad.
Finalmente llegó la grúa, una vez
más los muchachos me ayudaron a empujar. El carro quedó enganchado y nos
despedimos… los muchachos tomaron camino para su casa, no pidieron nada, no
querían nada, sólo estuvieron ahí haciéndome compañía.
Que buen relato.
ResponderSuprimirEso es cierto, la gente más humilde es la que le presta el mejor servicio a uno dentro de sus posibilidades.
ResponderSuprimirAclaro, gente humilde de campo, pueblos aislados. Porque la gente humilde de ciudades como Bogotá o Medellín tan solo son unas ratas que merecen morir como los que menciona en su relato.
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