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miércoles 21 de diciembre de 2011

Un Relato de Urabá

¡Pum! Sonó algo a lo lejos, un estallido pequeño, controlado, de inmediato pensé en una cancha de tejo, los muchachos de inmediato pensaron en un muerto.

-¿Aquí sí le jalan al tejo? – pregunté.
-No, aquí no jugamos tejo - dijo una voz detrás de mí, era la de uno de los muchachos que se habían sentado en el puesto callejero de venta de plátano que estaba al borde de la carretera panamericana.

Se trataba simplemente de un enorme guacal de madera con 4 estacas en cada esquina y un techo de plástico negro, ahí estábamos escampando todos, descansando de un día agotador, ellos hicieron lo del día ayudando a pasar gente de un lado a otro del arroyo que se había crecido, yo sencillamente estuve con mi carro varado porque el arroyo se lo llevó.

-Hace diez años – dice entre risas otro de ellos, el que tengo justo en frente, un muchacho negro y fornido de no más de 20 años – uno escuchaba cualquier explosión y fijo era un muerto…

Todos se ríen mientras que yo simplemente sonrío desconcertado. Llevó toda la tarde ahí en el puesto de venta de plátano, sólo me retiré de ese lugar que yo creía un paradero de buses artesanal cuando un señor negro se bajó del vehículo de un chivero, un campero Uaz atiborrado de gente, corotos y cajas, se dirigió con paso decidido a la rústica estructura de madera y abrió el candado que mantenía cerrado el cajón.

-¿Todos tienen llave de ese candado? – le pregunté.
-No.
-¿Esto es suyo? – volví a preguntar.
-Sí es mío – dijo lacónicamente aquel hombre negro de ensortijado pelo blanco e incipiente barba gris.

Me paré y me alejé unos pocos pasos, comenzó a lloviznar una vez más, me metí al averiado carro y ahí me quedé viendo todo y viendo nada, el hombre sacó unos racimos de plátano verde del guacal aquel y los colgó de una baranda horizontal, escampó y volvió a llover, el hombre se aburrió, recogió sus racimos, los metió en el guacal, puso el candado y se fue, imagino que a su casa, no se despidió, yo tampoco dije nada.

Escampó una vez más, salí del carro, no soportaba más el bochorno y la humedad, sentí hambre y decidí caminar a una casita de palitos que había visto al pasar, era una tienda. Comencé a caminar y de nuevo comenzó a llover, me alcanzó un hombre en una bicicleta ruinosa, me sonrió…

-¿Va a dejar el carro ahí? – me dijo.
-No, sólo voy por algo de comer, tengo hambre.

El hombre sonrío otra vez.

-¿Y luego? – preguntó.
-Esperar – le contesté-
-Yo lo acompaño – dijo sonriente y calló.

Tomamos una Pony Malta y regresamos, llovía otra vez.

Oscurecía y nadie venía por mí, el hombre de la bicicleta seguía allí conmigo, en silencio, me hacía compañía en el destartalado puesto callejero de venta de plátanos.

Llegaron los otros muchachos, los que horas atrás nos habían sacado a mi carro y a mí del arroyo, eran amigos de él, parece que en Urabá todos son amigos de todos.

Enantiodromía leí hace unos días, las cosas tienden a su opuesto, vida a muerte, entero a partido, amor a odio, en este caso odio a amor, enantiodromía es lo único que puede explicar que en un lugar donde hace diez años todos se asesinaban indiscriminadamente hoy todos sean amigos de todos.

El muchacho y los muchachos se quedaron ahí haciéndome compañía, el muchacho seguía en silencio, los otros hablaban.

De nuevo el muchacho negro, fornido, de no más de 20 años habló.

-Hace unos años cuando vivía en Córdoba estaba con mi primo y sonó un “pum” lejano y yo dije: primo arreglaron a alguien; él me dijo que no, que allá la gente cazaba mucho conejo, que eso era que habían cazado un conejo.
-¿Y entonces? – preguntó uno de los muchachos sentados detrás mío.
-Jajajaja – se rió el que estaba contando la historia - ¿Conejo? ¿Conejo? Al rato encontraron al conejo con el pecho y la cara llenos de balines de una “chis-pum”, de una escopeta.

De inmediato todos soltaron la carcajada, las muertes trágicas son cómicas, yo me he reído de muertes desafortunadas pero en el cine o en la televisión nunca sintiéndolas tan cercanas…

A pesar de lo macabro del relato me sentía tranquilo en compañía de los muchachos, a pesar de su retorcido sentido del humor no eran malas personas, sencillamente habían crecido con la violencia y la muerte como algo de lo más natural, tan natural como recoger el colchón, la ropita de los niños y lo más que se pueda de mercadito cuando se les mete el agua a la casa como había ocurrido hace 15 días y como seguramente volverá a ocurrir durante esta temporada de lluvias… para ellos no es motivo de tristeza sencillamente es parte de su cotidianidad.

Finalmente llegó la grúa, una vez más los muchachos me ayudaron a empujar. El carro quedó enganchado y nos despedimos… los muchachos tomaron camino para su casa, no pidieron nada, no querían nada, sólo estuvieron ahí haciéndome compañía.     

3 comentarios:

  1. Eso es cierto, la gente más humilde es la que le presta el mejor servicio a uno dentro de sus posibilidades.

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  2. Aclaro, gente humilde de campo, pueblos aislados. Porque la gente humilde de ciudades como Bogotá o Medellín tan solo son unas ratas que merecen morir como los que menciona en su relato.

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