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viernes 30 de diciembre de 2011

Breve Relato de un Sargento

Al preguntar por el Síndrome de Estrés Postraumático recibí como respuesta de un Mayor retirado del Ejército Nacional de Colombia la siguiente afirmación:

-Se trata de una cosa que alegan los cobardes, que alegan las niñitas que no quieren volver al monte.

De inmediato aquel militar retirado se levantó la camiseta y me enseñó una enorme y grotesca cicatriz que recorría todo su abdomen y subía hasta el pecho. No era simplemente una raya roja, más bien parecía un vasto y burdo cordón de soldadura de color rosado con ramificaciones que cubrían y deformaban la piel del hombre.

-Un proyectil de Ak 47 de lleno en el estomago – dijo aquel.
-Me abrieron, lo sacaron, convalecencia y listo de nuevo a combatir – dijo en seguida restándole importancia.

No sé si en realidad el Síndrome de Estrés Postraumático sea sencillamente una excusa para no ir al combate, no lo creo en realidad, ver como un compañero y seguramente amigo es destrozado por una bala o ver como vuelan por doquier junto con los gritos de dolor los miembros mutilados de una persona son cosas que seguramente nadie quiere tener que presenciar y mucho menos recordar. Con seguridad después de una situación de ese tipo yo sufriría del tal síndrome. Sin embargo después de haber visto el desfigurado cuerpo de ese señor no me pareció prudente decir nada y sencillamente permití que aquel genuino sentimiento de gratitud invadiera mi cuerpo, gratitud con él y con todos los soldados que día a día ponen el pecho en la jungla y empeñan sus vidas para que yo pueda estar tranquilo en mi casa.

-Mi Mayor definitivamente usted fue afortunado – dijo el Sargento con el que pocos minutos antes de la llegada del Mayor yo estaba conversando.
-Yo no tengo una cicatriz pero si cargo con un peso enorme – habló nuevamente el Sargento…

Tenía una patrulla a mi mando y estábamos siguiendo un grupo de bandidos, ya les estábamos respirando en la nuca cuando entramos en combate con ellos, les dimos candela, mucha candela y los pusimos a correr de nuevo, sabíamos que habíamos matado a varios y herido por lo menos a uno.

Comenzamos de nuevo a perseguirlos, encontrar a alguien en la manigua es muy difícil, es oscuro, es húmedo, hace calor, hay culebras pero lo peor son los zancudos, pican y pican se meten en la ropa, duele cuando pican y luego las picaduras rascan, molestan, se inflaman, se convierten en ronchas y a veces se infectan. Eso incomoda, eso distrae y distraerse en la selva llena de bandidos es peligroso.

Caminamos y caminamos y llegamos hasta donde habían estado emboscados pero no encontramos los cuerpos de los bandidos que habíamos dado de baja, eso sí que le baja la moral a las tropas, pero encontramos sangre, había un largo rastro de sangre, el que estuviera perdiéndola de ese modo estaba mal herido. Seguimos el rastro, bajamos por una pendiente y salimos a un claro junto al río. Detuve a los muchachos, estábamos en una posición vulnerable y podían cogernos a candela fácilmente en cualquier momento. El rastro de sangre se perdía ahí junto al río, el bandido malherido debía estar cerca. Retrocedimos y nos organizamos. Le dije al Cabo que cargaba la ametralladora grande, la M60 que cogiera para la derecha y se ubicara en un punto elevado que había en esa dirección.

Sabíamos que los bandidos estaban cerca, especialmente al que habíamos herido, con seguridad estaban emboscados así que no podíamos dar papaya, si nos cogían nos pelaban a todos sin misericordia. Mientras los demás tomábamos posiciones el Cabo se dirigía al lugar que le había ordenado y de repente en la distancia sonó un  ¡RACATACACACACACA! y un ¡PUM!, una ráfaga y una explosión.

El guerrillero herido se había escondido detrás de un árbol que quedaba de camino a la posición elevada que le había asignado al Cabo. El bandido ese se había quedado ya sin munición pero tenía las granadas y como ya se sintió cogido tenía una lista para lanzárnosla y estaba ahí agazapado detrás del árbol, desangrándose, esperándonos. No había forma de verlo, los arboles en la selva son enormes, son altos, tan altos que sus ramas se pierden en la distancia y muchas veces uno no llega a ver sus copas y sus troncos son anchísimos, tanto que 10 hombres no logran rodear uno sólo.

El bandido ya estaba sin alientos, había perdido demasiada sangre, pero aún le quedaba vida. Alelado y anémico el guerrillero ese no sintió aparecer a mi muchacho pero mi muchacho tampoco esperaba encontrarse de frente con él. El bandido ya sin fuerzas le lanzó la granada y antes de la explosión el Cabo alcanzó a disparar mientras levantaba el arma…

Llegamos corriendo al lugar y encontramos al bandido muerto, casi qué partido en dos mitades longitudinales, esa ametralladora es una cosa muy brava. A varios metros del guerrillero estaba el Cabo, la explosión lo había arrojado lejos, estaba vivo, completamente quemado, el estomago abierto, las tripas se le escapaban del cuerpo pero no se quejaba, yo creo que estaba desmayado.

¡Qué pesar! Pensar que yo le había dado la orden de moverse hacia ese lugar.

Mi Mayor ¿se acuerda del Coronel XXX? Pues esa semana antes de embarcarnos nos había asignado a un par de muchachos con entrenamiento como paramédicos pero eran unos niñitos sin experiencia en combate y usted sabe que en operaciones contraguerrilla eso es un encarte, nadie los quería cargar y yo no sé porque el Coronel terminó mintiéndonoslos a nosotros. Pues ese par de muchachos llevaban unos botiquines los verracos y de una sin pensarlo dos veces se tiraron encima del Cabo le cortaron los jirones de ropa, lo canalizaron y lo estabilizaron de una… ¡y nosotros que pensábamos que el par de chinos era un encarte!

¡Qué vaina haber mandado al chino para ese lado! Pero esa es la guerra y si no lo hubiera mandado el hijueputa guerrillero aquel nos habría puesto la granada a todos.

Al rato llegó el helicóptero de evacuación y se llevó al Cabo, nosotros nos quedamos terminando de cazar al resto de bandidos.

Al poco tiempo volví a ver al muchacho, se había recuperado pero en realidad quedó destruido, perdió las dos piernas, perdió un brazo y la otra mano le sirve de poco. El cuerpo le quedó quemado y la cara desfigurada. ¡Terrible!

El Sargento guardó silencio momentáneamente quizás sopesando por milésima vez aquello con lo que ha de cargar en su conciencia, la invalidez de aquel Cabo y las consecuencias de quién sabe cuántas otras decisiones difíciles tomadas durante el combate….

-¿Qué edad tenía el Cabo? – me atreví a preguntar.
- Ya no recuerdo si era Cabo Primero o Segundo – dijo el Sargento. – Ese muchacho en esa época debía tener entre 18 y 22 años.

Al oír aquello, al saber que se trataba de un niño, al saber que aunque no había muerto sí le habían arruinado su vida me correspondió a mí guardar silencio mientras que aquel par de veteranos se sumían en sus reminiscencias… inmerso en mis reflexiones una vez más no pude sentir otra cosa diferente a gratitud.

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